‘Prohibido’ ser pobre

Publicado en Hemisferio Zero

Bruselas, BELGICA // “Tengo hambre” es una de las frases que cualquiera ha podido ver escrita sobre un trozo de cartón mal cortado en las manos de alguien pidiendo en la calle. Esta imagen es desde hace un tiempo parte habitual del paisaje urbano.

Una persona pide limosna en la céntrica Rue Neuve, Bruselas, Bélgica. © Encarni Barrionuevo

Una persona pide limosna en la céntrica Rue Neuve, Bruselas, Bélgica. © Encarni Barrionuevo

Esta pobreza ‘visible’ incomoda. Algunos la observan con angustia sintiéndola cada vez más cerca de sufrirla en sus propias carnes. Para otros se ha convertido en sinónimo de suciedad, inseguridad y pocas ventas.

Sin saber cómo deshacerse de ella, algunas ciudades están apostando por sancionarla y recurren a medidas que no parecer querer salvarles la vida a los más necesitados, sino más bien perderlos de vista.

Charleroi, la ciudad más grande de la región de Valonia (Bélgica), ha decidido sumarse a esta tendencia. Desde el pasado octubre, una nueva ordenanza municipal obliga a los mendigos (personas que habitualmente piden limosna para sobrevivir) a cambiar de ciudad cada día. Se ha fijado un calendario (ver cuadro) que determina las ciudades de la periferia donde queda permitido pedir limosna según el día de la semana y, por lo tanto, donde queda prohibido.

CuadroEl incumplimiento puede ser sancionado con la incautación de la limosna, y/o una detención administrativa, sin mencionar, que la rotación supone una sanción en sí misma. Los ciudadanos afectados, en situación de gran pobreza -muchos además viven en la calle- tienen que afrontar los gastos del desplazamiento diario.

Los partidos Ecolo y PTB+ (Parti du Travail de Belgique) votaron en contra de la norma calificándola de prohibitiva y exclusiva. El Fórum bruselense de lucha contra la pobreza va más allá y habla de “inconstitucionalidad”, ya que mendigar dejó de ser delito en Bélgica en 1993. La ley de 12 de enero de ese año derogó la ley para la represión del vagabundeo y de la mendicidad de 1981. Sin embargo, hay localidades que se las ingenian para, de alguna manera, prohibirla y/o sancionarla apelando, por ejemplo, a la lucha contra la explotación y las redes organizadas.

Es el caso de este reglamento, según ha declarado el alcalde de Charleroi, Paul Magnette (Partido Socialista). Aparte de luchar contra las mafias, también se pretende favorecer la emancipación de los afectados y reducir los problemas de cohabitación en distintos barrios, principalmente con los comerciantes, grandes partidarios de la medida. Este gremio se queja del acoso a los clientes, la suciedad y las trifulcas.

Dos meses después de poner en marcha la medida, las asociaciones que trabajan con los más desfavorecidos aseguraban que la medida era un completo fracaso. Denis Uvier, educador de calle y miembro de la asociación Solidarités Nouvelles, afirmaba en la Radio Televisión Belga Francófona (RTBF) que “la norma es inaplicable en la práctica y que lo único que pretende es limpiar la ciudad de Charleroi”.

Los mendigos deben usar sus propios recursos para cambiar de ciudad. Muchos de ellos han desafiado a las autoridades asegurando que no se moverán de sus sitios habituales; no sólo por lo que les cuesta desplazarse, sino porque además creen que les resultará más difícil obtener limosna de transeúntes que no los conocen.

Según Uvier, tan sólo los más vulnerables están acatando la norma para así evitar las posibles sanciones.

La rotación es una mala idea

Organizaciones como el Fórum bruselense de lucha contra la pobreza y la asociación sin ánimo de lucro Enfermeros de Calle creen que la medida no es una buena idea, principalmente porque no trata de luchar contra las causas de la mendicidad, sino sancionar la miseria de una parte de la ciudadanía a la que la necesidad ha llevado a hacer de la buena voluntad de los transeúntes su medio de vida.

Es necesario diferenciar entre la persona que pide en la calle y el “indigente” o persona sin hogar. La sociedad civil aclara que no todas las personas que viven en la calle piden limosna. Y por el contrario, hay propietarios viviendo en la precariedad que ven como única alternativa salir a la calle a pedir para poder cubrir necesidades primarias.

Enfermeros de Calle trabaja con indigentes, muchos de los cuales también piden limosna. Su coordinadora, Emilie Messen, no cree que hacer cambiar a los mendigos de ciudad sea, a priori, una buena idea: “mendigar normalmente en el mismo lugar les permite crear un entorno familiar. Conocer a la gente del barrio y saber dónde ir en caso de necesidad puede ser determinante para salir de la calle”. Por otro lado, “que cambien de lugar va a dificultar el trabajo de las asociaciones que tratamos de ayudarles, si no sabemos dónde encontrarlos”.

Esta asociación se centra en identificar y resolver los problemas de higiene y salud de personas sin hogar con el objetivo último de que puedan reintegrarse en la sociedad.

Messen insiste en que si se les obliga a cambiar de localidad, hay que pensar en cómo sustituir la estructura y entorno que tenían, al igual que “evaluar sus necesidades y pensar en cómo hacer posible que un cambio a largo plazo sea posible orientado a que la persona salga de esa situación”.

Laurent, de 24 años, vive en la calle desde hace siete. Como origen de su situación menciona la pérdida de sus padres cuando entraba en la adolescencia y la imposibilidad de finalizar sus estudios. Acompañado de su perro, ocupa una esquina de la Chausse d’Ixelles a la salida del metro Porte de Namur, en la capital belga. Las brechas en su cabeza, aún frescas, son una muestra de los peligros de la calle. Cuenta que la gente acostumbrada a cruzárselo lo echa de menos y temen lo peor cuando no lo ven en ese trocito de vía pública a la que lo asocian. Este joven destaca la generosidad de la gente gracias a la cual no hay un sólo día que pase hambre.

“Yo no molesto a nadie ni acoso a la gente para que me de dinero. Quien quiere me da y quien no quiere, no me da”, se defiende de ese acoso hacia los transeúntes al que se suele aludir, de manera generalizada, para apoyar las medidas que tratan de sancionar, prohibir o invisibilizar la mendicidad.

En 2012 el debate se instauró en la misma Bruselas cuando uno de sus municipios, Etterbeck, aprobó una ordenanza que limitaba el número de pobres pidiendo limosna a cuatro por zona comercial y plaza pública. En aquel momento el Fórum bruselense de lucha contra la pobreza calificó la medida de “una caza al mendigo” y denunció la criminalización de la pobreza.

Su director, Rocco Vitali, está convencido de que este tipo de medidas tratan de contentar a los comerciantes, pero dice que “deshacerse de los mendigos quizás haga más estética la ciudad, pero no es una buena manera de luchar contra la pobreza”.

La pobreza empuja a pedir limosna

“Nadie pide por gusto”, afirma Emilie Messen sabiendo de lo que habla; su organización trabaja en el terreno desde 2006. “Cuando alguien mendiga lo hace viéndose obligado a sobrevivir”. La pobreza es, a menudo, la causa fundamental.

Según el Barómetro Social 2013 del Observatorio de la Salud y de lo Social de la capital de Bruselas, uno de cada tres bruselenses vive bajo el umbral de la pobreza (33’7%). En Bélgica ese umbral se sitúa en unos 1.000 euros al mes por persona viviendo sola y 2.000 euros por dos adultos y dos niños viviendo bajo el mismo techo.

Vitali denuncia un incremento de la pobreza debido a la situación de crisis y a una mengua de las políticas sociales como, por ejemplo, la reducción de subsidios familiares. Él habla de un desmantelamiento del mecanismo social solidario instaurado en el SXX, lo cual empuja, literalmente, a muchos padres y madres de familia a pedir en la calle para poder así cubrir necesidades básicas.

Asimismo, denuncia una excesiva burocratización de los procedimientos de solicitud de ayudas, lo cual disuade a muchos ciudadanos de recurrir a los mecanismos de seguridad social privándose así de derechos.

Es el caso de Patrick, 56 años, de origen polaco. En la capital belga, a la salida de la estación de tren Luxemburgo, bajo el Parlamento Europeo, vive acurrucado. Una enfermedad debilita sus músculos impidiéndole trabajar. Cansado de los largos procedimientos administrativos, hace un año que reside en la calle sin intención de recurrir de nuevo a los servicios sociales (Centre Public d’Action Sociale – CPAS, en francés).

El mito de la madre con un niño en brazos
Una mujer sostiene a un niño en sus brazos mientras pide limosna en Bruselas, Bélgica. © Encarni Barrionuevo

Una mujer sostiene a un niño en sus brazos mientras pide limosna en Bruselas, Bélgica. © Encarni Barrionuevo

En cuanto a las mafias detrás de la mendicidad, el director del Fórum bruselense de lucha contra la pobreza discrepa: “no sólo no hay pruebas, sino que además los trabajadores de terreno tienden a decir, más bien, lo contrario”. Utiliza como ejemplo la tesis a la que suelen recurrir las autoridades: “la mujer que mendiga con un niño, a  menudo de etnia gitana o rom –aunque no siempre [insiste]-, no están legalmente en Bélgica y sus niños no están escolarizados, por lo que es normal que en vez de dejarlos solos, se los lleven con ellas”.

Esta visión contrasta con los testimonios de algunos ciudadanos de la ciudad de Charleroi que aseguran haber visto como al final de la jornada un coche de lujo recoge a las personas que han estado pidiendo limosna.

A 1,300 kilómetros de distancia, otra ciudad europea también parece optar por una política sancionadora para acabar con la mendicidad. El Ayuntamiento de Madrid planea aprobar este año una ordenanza de convivencia que permitirá multar a las personas que pidan en la vía pública. Las multas podrían oscilar entre los 90 céntimos y los 3.000 euros, dependiendo del nivel de la infracción. Según el borrador, actualmente en discusión entre los distintos grupos políticos, pedir con menores sería una falta muy grave, acarreando la sanción máxima.

Las sanciones no son la solución

El Fórum bruselense de lucha contra la pobreza está formado por unas 70 organizaciones que atacan la pobreza desde distintos ámbitos (educación, empleo, sanidad, integración, cultura,…). Vitali explica que son estas asociaciones las que aseveran que si no se trabaja sobre las causas reales de la pobreza, cualquier esfuerzo caerá en saco roto.

Por ello, insiste en que en vez de recurrir a las sanciones, se promuevan políticas sociales que garanticen oportunidades reales a los ciudadanos con dificultades. “Una buena política de lucha contra la pobreza es la que ataca las causas del empobrecimiento: los ingresos, el nivel de ingresos, la integración de los individuos en entornos sociales dignos por medio del empleo, pero también a través de otras vías de integración como la cultura”.

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* Publicado en Hemisferio Zero.

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