El Alzheimer lo borra todo

© Encarni Barrionuevo Sánchez

A veces llegar a la vejez es entrar en un mundo ciego; es perder la vida por no conseguir sumergirse en el recuerdo.

En España más de 3,5 millones de personas padecen Alzheimer directa o indirectamente y, según datos de la Confederación Española de Familias de Enfermos de Alzheimer y otras demencias (CEAFA), en 20 años serán un millón doscientas mil personas las que sufran directamente el proceso. En España entre el 30 y el 50% de más de 85 años sufren la demencia y el 10% de los enfermos tienen menos de 65 años.

Cada día más, llegar a la vejez es sinónimo de olvido. El Alzheimer, enfermedad degenerativa de las facultades físicas y mentales, se extiende como una plaga sin remedio, acechando a  nuestros mayores, nuestros queridísimos y entrañables abuelos. Considerada la epidemia del Siglo XXI, además hunde psicológicamente a las personas de su entorno.

En un primer momento la enfermedad se manifiesta por la pérdida de memoria y la desorientación; posteriormente se pierde fluidez verbal, aparece la ansiedad, la agresividad o la depresión, acabando el duro proceso con una completa y total dependencia. Hoy en día es la demencia senil más frecuente y no cabe duda de que también es la más triste: sin causa conocida, sin solución, sin amparo, sin esperanza. Fría e incontroladamente ataca nuestro legado histórico familiar y a nosotros mismos. Sólo queda la resignación y ver cómo ante sus ojos nos vamos convirtiendo en desconocidos y sus largas vidas pasan a ser lapsos y páginas en blanco.

¿Qué podemos hacer nosotros, sus hijos, sus nietos, sus amigos, sus vecinos…? Cierto que nos encontramos en una época de falta de tiempo, de rapidez, de querer y no poder, pero hay muchas formas de socorrerles. Hay que buscar la forma de compenetrarse, pedir ayuda y entre todos formar un equipo lo bastante fuerte físico y psicológicamente para que no se sientan desamparados. ¿Cuestión de deber? No, es  querer estar ahí cuando no recuerdan y en sus momentos de lucidez, cuando se deprimen o cuando se sienten solos rodeados de gente; es querer como poco devolverles el cariño que ellos nos han dado durante toda una vida. El tiempo nos pasa factura a todos, una factura demasiado cara,  triste y cruel que exige de nuestra atención, comprensión y solidaridad.

Ellos, que han sacrificado tanto por nosotros, su familia, que han dado su vida por los suyos,  ahora lo menos que podemos hacer en sus últimos años de olvido es abrir una página en su vida con nuestra presencia, con nuestras voces, nuestra compañía. Nosotros somos su memoria.

Ellos lo merecen todo ¡Menuda generación de luchadores incansables! qué coraje han demostrado; con qué fuerza y entereza han afrontado las zancadillas que ha sufrido nuestro país. Una generación que ha vivido la Guerra Civil y una dura posguerra. Una generación que ha soportado las imposiciones y persecuciones… de una dura dictadura, que ha callado opiniones, ideologías… Una generación que ha contribuido al desarrollo de nuestro país, su apertura al mundo, que nos ha contado las tensiones de la transición y nos ha llevado de la mano a la democracia.

Qué vida tan rica y maravillosa la de nuestros abuelos. Cómo han luchado por sacar adelante con humildad un hogar, una vida profesional y un país con necesidades de definirse dentro de una Europa emergente. Al mirarlos siento un increíble respeto y una desmedida admiración por lo que han sido, por lo que son y por todo cuanto han hecho por nosotros.

Después de tantas guerras ganadas, la vejez los abate. No podrán vencer esa demencia que se come una vida de sufrimientos y alegrías, una vida para recordar porque refleja su entereza, su fuerza, su desafío a las tempestades. Porque la vida de cada uno de ellos constituye nuestra historia, lo que somos y lo que nos rodea.

Los observo. Mi mirada recorre cada uno de los pliegues de su rostro y me pregunto qué esperan de la vida, qué desean…Ante el panorama actual sólo surge en mí un deseo personal, una esperanza, una necesidad, una ilusión. Observando la mirada perdida de nuestros abuelos enfermos sólo puedo decir que el día de mañana: quiero una memoria robusta llena de recuerdos tristes y felices acumulados durante toda una vida llena de acontecimientos históricos y de fantásticas experiencias personales. Quiero poder recordar a modo de álbum de fotos los cientos de rostros que me han sonreído. Quiero poder recurrir al recuerdo de voces pacíficas, de canciones que han puesto sintonía a los momentos románticos de mi vida,  los dolorosos, alegres, conmovedores… Quiero revivir sensaciones, emociones de épocas pasadas… Quiero poder contar lo bella y extraordinaria que haya sido mi vida; pero todo eso quiero contarlo yo. Quiero contarlo buscando entre los datos acumulados en mi memoria y rescatando hasta la vivencia más lejana. Quiero poder trasladarme al pasado recuperando sensaciones, sentimientos, estados de ánimo y así saber cuál es mi identidad, quién he sido, quién soy y porqué. Si río quiero saber porqué, si lloro quiero saber porqué, si alguien me besa la frente o me habla o me abraza quiero saber quién es.

Por eso, si sueño en qué quiero el día de mañana, sin lugar a dudas, diré que quiero saber quién soy y porqué. Que quiero ser alguien con historia, pero esa historia quiero contarla yo.

Sin embargo, me abruma el saber que cabe la posibilidad de que mi cabeza se llene de una niebla espesa que caprichosamente vaya borrando las imágenes que constituyen lo que soy y mis puntos de referencia en la vida, que todo a mi alrededor llegue a ser un sin sentido. Si ese día llega espero que haya alguien a mi lado que vierta algo de luz sobre mis sombras; espero oír una voz familiar que me diga: “te acuerdas cuando…”

Versión modificada.

Artículo anteriormente publicado en el mensual Comarcal Treinta, Adra (Almería), Abril 2006.

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